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Continuar la vida cuando un auto atropella y mata a un hijo

Nota 123, Nota a Ema Cibotti, mamá de Manuel "Manu" Lischinsky, extraída del Diario Clarin el 21/04/2012

Ema Cibotti Historiadora, presidenta de ACTIVVAS (Asociación civil contra la inseguridad vial y la violencia).
La familia de Manuel Lischinsky buscó justicia, lograda con cuentagotas. Su padre no pudo con la pena: un cáncer fulminante acabó con él. Su mamá y su hermano, de a poco, se reconstruyen.

Una respiración. Un silbido. El tenue movimiento de su pecho al subir y bajar. Mi hijo estaba en la camilla, conectado a varios monitores, tenía la cabeza vendada por el enorme hematoma, las pupilas inmóviles en un coma profundo, pero lo sentía respirar. Podía hablarle, acariciarle las manos, y suplicar por él. Pasé toda la noche desentendida de lo que sucedía a mi alrededor.

Por la mañana entraron las enfermeras y un rato más tarde vi, desde el otro lado de la puerta, cómo todo el servicio corría a su lado, no me di cuenta de que era para hacerle las maniobras de reanimación . Todavía puedo escuchar nuestros sollozos apagados mientras el jefe de terapia intensiva, con su propia angustia a cuestas, nos abrazaba a Sergio, a Martín y a mí, y nos explicaba las lesiones irreversibles que tenía Manuel, nuestro hijo mayor.

Manu fue atropellado la madrugada del domingo del 14 de mayo de 2006 en el Monumento a los Españoles, a los 18 años. Estaba parado con tres amigos en la vereda de la fuente, para cruzar Libertador a la altura de Sarmiento. Él vio venir el auto por la mano norte y alcanzó a gritarles porque estaban de espaldas tirando monedas al agua. El conductor lo embistió y arrastró varios metros. Un poco antes de las 7 de la mañana, recibimos la llamada de Juan, uno de los chicos que estaba con él. Llegamos en minutos a la guardia del Hospital Fernández. El médico que salió a darnos el parte no disimulaba las lágrimas. Sergio lo entendió todo de una vez, yo me negaba. Lo enterramos el martes 16.

Para nosotros el tiempo no solo se detuvo. Empezó a retroceder, a ir en contra. Habíamos construido un hogar feliz y yo solo buscaba refugiarme en ese recuerdo , anidar en él, vivir anestesiada y en estado de memoria. No quería olvidar nada de lo que habíamos vivido los cuatro juntos. Lloraba todos los días, a cada momento, y la única conciencia que tenía de mi cuerpo era un dolor en el talón, fuerte, que me recordaba que seguía viva.

De a poco las obligaciones se impusieron. Martín retomó su tercer año secundario en el ILSE y Sergio volvió a sus clases de Historia. “ Me hace bien prepararlas y darlas”, me confesó un día. Era bueno saber que había algo capaz de distraerlo. Yo no podía decir lo mismo. Además no quería desentenderse de un tema pendiente e impostergable: el reclamo de justicia . Confiamos en Luis Charró, un gran amigo de Sergio desde la infancia y nuestro abogado, para que nos anticipara lo que podíamos esperar.

Inventamos lentamente otra rutina. Los horarios ordenaban el día a día. De a poco, fui desocupando la habitación de Manu, guardé todas sus cosas. Empecé a pasar allí muchas horas leyendo. Sentía que el tiempo volvía a transcurrir .

Pronto mi esposo empezó a dar muestras de una leve depresión que escondía otra malignidad. Martín intuyó la verdad antes que nadie . En noviembre, la oncóloga del Instituto Fleni solo pudo proponerle a Sergio un tratamiento paliativo: el dolor había hecho una metástasis que involucraba pulmones y cerebro.

“Usted recibió un golpe fulminante contra su sistema inmunológico”, le explicó. Él apenas se lamentó , estaba lúcido y lo único que quería era estar con nosotros. Aunque para Sergio lo importante no era luchar contra su cáncer –daba la batalla por perdida– igual hizo todo lo que le dijeron que hiciera. Le preocupaba dejarme sola y no estar junto a Martín en plena adolescencia.

El 6 de febrero del 2007, el tribunal realizó la declaración indagatoria a Nicolás Piano, el conductor del auto. Habían pasado casi nueve meses y recién entonces la administración de justicia daba el primer paso . Convocamos a una movilización en la que nos acompañaron amigas y amigos y la familia. Martín organizó a los jóvenes con carteles que reclamaban “Justicia para Manuel Lischinsky”.

Como si fuéramos un grupo peligroso, la Policía Federal nos rodeó y bloqueó las entradas del edificio . Sentí estupor y temor porque iban armados, usaban el uniforme antidisturbios y no les podía ver los ojos. Sergio, en cambio, aunque llevaba las huellas del sufrimiento en todo el cuerpo y se le veían los estragos propios de la enfermedad, se plantó tranquilo, exigió y argumentó sin ceder en ningún momento. Yo lo miraba y escuchaba, abrumada de pena y casi sin fuerzas para sostenerme, pero sintiendo que me enseñaba de qué modo representar a nuestro hijo muerto, indefenso.

Esa noche, los tres dormimos bien por primera vez en mucho tiempo y empezamos, sin advertirlo, nuestra despedida privada . Parecía un naufragio de familia, sin embargo, no estábamos a la deriva. Sabía que debía continuar sin mi esposo, aunque no imaginaba que sería tan pronto. Sergio falleció a fines de febrero.

Pasaron cinco años y hoy puedo volver sobre mis pasos porque no me quedé en el mismo lugar y Martín tampoco. Sé que Sergio, conociendo mi carácter reservado, temía que me recluyera en casa, pero la soledad no me incomunicó , no me aislé.

El primer movimiento fue salir a la calle. Necesitaba recordar a Manuel públicamente, en el mismo lugar del atropello. Hacer memoria en el Monumento a los Españoles. Lo conversé con mi hijo, mi familia, los cercanos; todos querían ir. Cuando se cumplió el primer aniversario, pedí autorización a la Ciudad para hacer un homenaje . Compré las flores y las dejé en la vereda donde él había estado parado. Todavía se veían nítidas las marcas del auto al chocar contra la fuente.

Los medios vinieron. Acepté dar entrevistas; una fuerza interior, hasta ese momento para mí desconocida, me puso en condiciones de hablar y exigir justicia. Estaba incorporando la sana agresividad que Sergio me había transmitido y que se necesita para luchar por un derecho y afirmarlo. De a poco, regresé a mis clases de Historia, y retomé la divulgación y la investigación.

Fue difícil: temblaba al salir de casa. El costado más duro del contacto social se produjo en aquellas ocasiones en las que me vi rodeada de personas que no sabían o aparentaban no saber nada de lo que me pasaba. Me parecía inconcebible. La muerte de Manuel había sido un hecho noticioso, y yo creía que las personas con las que me reunía por razones laborales, estaban de alguna manera advertidas y tendrían un gesto de comprensión . Pero no. Cuando surgía el tema familiar en las conversaciones, no se dirigían a mí, me salteaban. El propio trauma me protegió pues no recuerdo haber sentido rabia, pero empecé a percibir un gran desasosiego interior que hablaba de una parte de mí, muerta.

El día tiene muchas horas y las fui llenando. Ver a Martín avanzar para terminar el secundario me dio confianza. A pesar de todo el sufrimiento, con él estábamos construyendo una vida con lindos momentos hogareños. Nos seguíamos imaginando cuatro pero de una manera natural cada vez más éramos una familia de dos. Solo me aterraba no obtener justicia para Manuel ; la impunidad era mi pesadilla. Me di cuenta de que compartía ese miedo con otras madres que iban, como yo, con la foto de sus hijos colgada del cuello. Me sumé a ellas en marchas para exigir verdad y justicia.

Mucha gente aludía al accidente pero yo ya tenía fuerzas para gritar que la muerte de mi hijo era un asesinato vial. Los casos referidos por las otras madres tampoco podían definirse como accidentales o fortuitos. Los conductores iban alcoholizados, a alta velocidad, corriendo picadas e ignorando los semáforos en rojo. Entre nosotras, confirmábamos que el homicidio culposo es una figura legal tramposa que no dice que los imputados se comportaban como violentos al volante. Noticias iguales se repetían en todo el país: ninguno había mostrado el más mínimo dolor o arrepentimiento . Supe también de los reincidentes, criminales por segunda vez. Las pericias, mal hechas o perdidas, la falta de testigos, la desidia de las autoridades habían dejado la primera instrucción en la nada. Era la impunidad absoluta.

Cuando terminó la instrucción y la Cámara ratificó la elevación a juicio penal, sentí un enorme alivio físico. Podía correr un colectivo y los calambres desaparecieron. En el ínterin había iniciado el juicio civil. Recuerdo que subí temblando las escaleras de la UTN para pedir una constancia de la asistencia de mi hijo a la carrera de Ingeniería Mecánica. Lo mismo hice con el equipo de básquet de la Universidad. Aquel sábado, antes de salir de casa, Manu me había contado, feliz y con detalle, lo bien que había jugado esa tarde.

Hablaba de mi hijo con quienes lo habían conocido y estimado, sin imaginar lo que me esperaba en la instancia de mediación obligatoria con la aseguradora. El abogado se presentó y debí oír cómo la justicia civil cotiza la vida/muerte de una persona. Me paralicé; Manuel era un número en una grilla. Seguí anonadada, hasta que el jactancioso abogado me dijo: “Señora, comprendo cómo se siente”. La furia me despertó: “Usted no tiene la menor idea de lo que siento y deseo que nunca la tenga”. Quedé postrada de tristeza, no negociaría con la aseguradora.

En la calle yo había hecho todo lo que podía. Los actos en el Monumento de los Españoles eran un rito importante . Pintábamos la estrella amarilla en la vereda, hasta que la Ciudad dispuso una señal vertical en memoria de las víctimas de tránsito. Este homenaje era fruto del esfuerzo inventor de un grupo de madres de la provincia de Buenos Aires.

Por las noches me preparaba mentalmente para el juicio oral y público. Mi hijo no era una víctima para la Justicia, sino un damnificado muerto. No se trataba de un juego de palabras, era un abismo semántico y lo cruzaríamos solo si se juzgaba y condenaba al imputado. Estábamos en la intemperie todavía. Se lo expliqué a Martín lo mejor que pude; nos removió un dolor que no tiene fondo.

Frente al Tribunal, se conoció el detalle de la verdad de los hechos. Manuel salía de la intemperie judicial. Yo mantenía la esperanza de una condena de cárcel de cumplimiento efectivo. Sabía que el auto iba a una velocidad que superaba la permitida , sabía que viajaban siete personas dentro del coche. Y además existía una seria sospecha que el conductor iba alcoholizado aunque nunca se pudo comprobar porque en esa época se podía negar al test –ahora ya no, algo mínimo ha cambiado–. Pero el veredicto –culpable de homicidio culposo con tres años de prisión en suspenso y diez años de inhabilitación para conducir– no me sorprendió. Después de cinco años de lucha, intuía que iba a oír la voz del derecho penal y no la de la Justicia, que es la que uno espera siempre. Igual, había decidido no discutir el fallo.

Al salir, en la vereda de enfrente, vi a Martín abrazarse con sus amigos y aplaudir. Recordé la hermosa frase de Elie Wiesel: “Búscame entre la gente que he conocido y amado”. Seguiría mi duelo por Manu, en adelante, en la intimidad.

Fecha de actualización: 2012-04-21

 

   
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