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Testimonios de Familiares de Víctimas de Hechos Viales, Marlene Scappini y su pelea por que otros “no estén en mi lugar”. Se propuso cambiar las costumbres viales en Iguazú.

Nota N° 313, Perdió a su hijo en un accidente, donó los órganos y hoy lucha por evitar más muertes

Bautista tenía 15 años cuando perdió la vida a bordo de una moto. Marlene, su madre, firmó la ablación y así prolongó la vida de otras tres personas. Hoy da una charla a los conductores que están por recibir su carnet en Iguazú.

PUERTO IGUAZÚ
Noche de jueves. 21 horas. Una veintena de aspirantes aguarda impaciente por la última charla antes de recibir la licencia de conducir. Es el último escollo de un trámite que la mayoría inició varios días atrás. Bioquímico, oftalmólogo, prueba práctica, prueba teórica. Se nota el cansancio. Cada paso está dado y sólo falta el último. Vaya a saber uno de qué se trata.

Entra la mujer a la que esperaban. Ropa informal, cabellos cortos, vincha en el pelo. Tiene gestos amables y habla con cierta dulzura. Se nota a leguas que no es policía. Mucho menos, jueza de faltas. “¿Qué nos puede aportar entonces?”, es la pregunta que se hace la voz interior de casi todos, al borde de la impaciencia.

El escepticismo está por llegar a su punto más alto cuando la mujer arranca. Primero, habla de las reglas de tránsito y de la importancia de respetarlas. Ya escucharon eso toda la semana. Después, cuenta en detalle la historia de un “accidente” que terminó con una vida. Dos motos, una maniobra arriesgada y un inocente que lo paga con su vida, que resultó ser un adolescente. Que resultó ser su hijo.

Para cuando los recuerdos le nublan los ojos, tiene a todos “comiendo” de su mano. “Se los cuento porque, como ven, sé lo que se siente y no quiero que les pase a ustedes”, finaliza contundente, sin dejar de lado el tono maternal. Los escépticos del principio aplauden y le agradecen la lección. Han aprendido algo que no está escrito en ningún libro.

Desde que Bautista, su hijo de 15 años, perdió la vida en un siniestro vial -“un accidente es algo que no se puede evitar, cosas como estas, sí”, aclara- Marlene Scappini se puso una meta difícil, pero no imposible: cambiar los hábitos y las costumbres viales en Puerto Iguazú.

“Trato de que no les pase a otros”, le dice a PRIMERA EDICIÓN en el living de su casa, rodeada de fotos y recuerdos, mientras cuenta qué la llevó a aceptar el desafío y trabajar para salvar la vida de otros.

La peor noticia
Llegar hasta el barrio Santa Rosa, donde vive Marlene, es como adentrarse en un submundo donde la Ley de Tránsito no existe. Es sábado por la tarde y los adolescentes se preparan para la noche. Hay miles, todos en moto, pero ninguno con casco. Es la imagen que se repite en una buena parte del interior de Misiones y también en los barrios de Posadas.

“Como sociedad tenemos un problema muy grave, la falta de educación vial. Pasa en cada ciudad de Argentina, en Misiones y acá en Puerto Iguazú es terrible”, lanza la ama de casa devenida en luchadora incansable de la concientización vial desde su casa de la calle Irupé, donde prácticamente se tocan con las manos las plantaciones paraguayas de soja, del otro lado del Paraná.

Sus palabras son puras, genuinas, libres de hipocresía. Porque Bautista tampoco llevaba casco cuando un motociclista que realizaba piruetas en medio de la calle chocó la moto en la que iba como acompañante de un amigo. Se entiende la crítica; Duele. El problema es cultural y nos afecta a todos.

“Fue el 7 de octubre del año pasado alrededor de las 23. Él estaba con un amigo y salieron en una moto hacia la casa de otro. Él iba atrás, sin casco. Un chico de 19 años venía de frente haciendo ‘willy’ con una chica y se los llevó por delante. Bauti voló, cayó y tuvo un sólo golpe, en la parte de atrás de la cabeza.R00;No sangró ni nada, sólo ese golpe”, subraya la mujer sobre lo frágil que puede resultar la vida.

Marlene estaba en casa de unos familiares en Buenos Aires cuando la llamó su esposo. Compungido, el hombre apenas podía hablar. “No tiene ninguna chance”, le dijo, llorando como un niño. Bautista había sido trasladado al Hospital Samic de El Dorado. Antes de llegar había sufrido un paro cardiorrespiratorio.

En el centro asistencial lo trataron y decidieron derivarlo urgente a Posadas, pero cuando la ambulancia salía, volvió a sufrir otro evento cardíaco. Ante el riesgo, suspendieron la derivación.

En Buenos Aires, mamá Marlene se tomó el primer avión y llegó a Iguazú cerca de las 10 del lunes. Del aeropuerto, sin escalas, viajaron hasta Eldorado, donde estaba reunida gran parte de la familia. Ese fue el momento del choque con la realidad.

“Mi hermano mayor tiene una fortaleza enorme. Cuando llegamos al hospital, el estaba afuera. Vi su cara y me di cuenta; sólo me dijo “No” y bastó para entenderlo. Los abracé a todos y entré a ver a mi niño”, dice Scappini con el amor de madre y la emoción a flor de piel: “entré a verlo con mi esposo, y ahí estaba Bauti; estaba lindo, como si estuviera durmiendo”.

Los médicos le dijeron entonces que había sufrido muerte cerebral y ya no había más nada que hacer. Casi nada. En realidad, había mucho por hacer, pero ya no por la vida de Bautista, sino por la de otros.

Donar vida
Marlene no lo pensó al recibir la noticia. “Somos donantes”, le dijo a los médicos en un acto reflejo. La enseñanza se le había grabado unos cuantos años atrás cuando una amiga perdió a su hija y donó los órganos. “En su momento me llamó mucho la atención ese acto de amor. ‘Qué bueno’, pensaba. Desde entonces, yo y mi marido firmamos el consentimiento. Además, se lo explicamos a mis hijos. Bauti sabía y quería donar, pero nunca imaginamos que iba a ser el primero”, se quiebra.

La neuróloga se reunió con los padres de Juan Bautista y volvió a mostrarles los resultados del encefalograma. No había reacción, ni siquiera cuando le “inyectaban” agua helada en el oído, un examen común para buscar un último atisbo de movimiento neuronal. A las 23.23 de ese lunes los doctores firmaron la muerte del adolescente y sus padres, los papeles para la donación de los órganos.

“Fue un momento duro pero, a la vez, reconfortante. Sabíamos que alguien iba a recibir. Por eso, firmamos todo y salimos”, recuerda ahora Marlene, y agrega que “la ablación se realizó al otro día y recién caí cuando comenzaban a llegar las ambulancias para llevar los órganos de mi niño al aeropuerto”.

Al día siguiente, mientras los Scappini despedían a Bautista, su corazón comenzaba a latir en un paciente de Santa Fe, uno de sus riñones daba vida en Mendoza y otro en Buenos Aires.

Concientización
¿Qué más se le podía exigir a Marlene? Ni siquiera había terminado sus lágrimas que ya estaba dándole esperanza a otras familias. Era una conducta desinteresada y, a la vez, una batalla ganada contra la muerte.

Sin embargo, esta gladiadora de la vida no se quedó sólo en eso. Inquieta, buscó la manera de evitar que lo que le pasó a ella volviera a pasarle a otros. Y encontró la respuesta en la experiencia, otra vez hurgando en su memoria.

En 2011, sus vecinos perdieron la vida en un siniestro vial. Venían de conocer Tucumán cuando chocaron de frente con otro automóvil, cerca de Resistencia. “Fue en ese entonces que supe, no recuerdo cómo, de la campaña Estrellas Amarillas; cuando me enteré, quería pintar las estrellas de ellos, pero había que hacer muchos trámites burocráticos, ir hasta Chaco, etc; la verdad que era todo muy complicado”, admite Scappini.

El tiempo fue pasando, pero Marlene nunca olvidó a Ana y Roberto, sus vecinos. Hasta que el dolor volvió a golpear en la calle Irupé del barrio Santa Rosa, esta vez a su puerta.

“Cuando fue lo de Bautista recordé la campaña y le escribí a la asociación que lleva adelante el trabajo, en Córdoba. Me dijeron que me comunique con la gente de Posadas. Ahí comencé a contactarme y a luchar para conseguir ese reconocimiento, para que lo de Bautista nos sirva a todos para tomar conciencia”. Enseguida Marlene se comunicó con María Elena Magri, colaboradora de las Estrellas en Posadas, que también perdió un hijo.

La lucha no fue en vano. En noviembre pasado, el Concejo Deliberante de Puerto Iguazú declaró de interés municipal la campaña de concientización vial y aprobó la construcción del primer monolito de las Estrellas Amarillas en Misiones. Estará ubicado en 9 de Julio y Urquiza del barrio Villa Nueva de Iguazú, en la plaza Manuel Belgrano. Allí se recordará la memoria de los vecinos de la familia Scappini, porque “la estrella de Bauti queremos pintarla en el lugar donde ocurrió el hecho”, remarca su mamá.

Sin perder el tiempo, en menos de seis meses Marlene consiguió la primera parte de su plan para cambiar la manera de manejar en Puerto Iguazú. La segunda parte, mucho más directa, consiste en transmitir la experiencia que vivió con Bautista para evitar que ese dolor se repita en otras familias.

Para eso, Marlene también se unió al grupo de la Escuela Vial de Puerto Iguazú. “Me dan algunos minutos, un buen tiempo, dentro de la charla final de la gente que está por recibir el carnet de conducir. Yo cuento lo que nos pasó todos los martes y jueves de noche. El mensaje les llega y muchos terminan llorando. Pienso que es la mejor manera para que los futuros conductores tomen conciencia de lo que está en juego cada vez que salen a la calle”, reflexiona.

La de Marlene es una lucha desigual. En Iguazú, en su barrio, todos los días ve pasar un centenar de adolescentes en moto, acelerando, sin casco, retando a la muerte. En la ruta es peor: autos, colectivos, camiones, todos sin respetar nada, ni las velocidades, ni el rojo de los semáforos, ni la doble línea amarilla, muchas veces con una mano en el volante y otra en el teléfono celular.

¿Hará falta que todos, que cada una de las familias de la Argentina, pase por lo que pasó Marlene para entender el costo de una vida perdida? ¿Qué cada uno de nosotros llore como lloró ella por un hijo que se nos va de las manos? ¿Qué no sólo le puede pasar a los otros?

Nuevamente es jueves de noche y ha llegado la hora de partir. Marlene mira por última vez las fotos y emprende otra vez el camino hacia la Escuela Vial, donde la espera otro medio centenar de conductores que aguardan impacientes.

Cuando llega, como siempre, hay caras largas, de cansancio. Pero ella y su historia vuelven a llevarse toda la atención. Al final de la noche, vuelve a casa rezándole a la luna y a la estrella de su “Bauti”. La acompaña el dolor, pero también la esperanza de que la muerte de su hijo no haya sido en vano. “¿Qué más hacer? ¡Qué más hacer, por Dios!”, se pregunta a cada paso.

Martín, el niño que vive gracias a Bautista

Cuando Marlene Scappini firmó la ablación e hizo caso al deseo de su hijo, la esperanza se encendió en distintos puntos del país. “El corazón fue a Santa Fe, un riñón fue a Mendoza, y el otro está en Martín Ezequiel Pasquali, que cumplió 10 años en enero”, cuenta con una sensación muy especial la mamá de Bautista.

Por ley y a menos que las partes lo requieran, los datos de la familia del donante y la del que recibe el órgano no se entrecruzan. Sin embargo, en esta oportunidad los Pasquali, agradecidos por tamaño gesto, buscaron a los Scappini y los encontraron.

“A la familia de Bautista, a sus padres, gracias por el gesto grandísimo de donar los órganos de su amado hijo...uno de sus riñones se perpetúa en mi hijo Martín Ezequiel Pasquali, de 9 años, que desde nacimiento tiene una insuficiencia renal crónica. Martín fue trasplantado el día miércoles de madrugada y el riñón de Bautista al mediodía de ese día empezó a dar sus frutos de vida. Martín se recupera en el Hospital Italiano de Buenos Aires y Juan Bautista está junto a mi hijo, dándole luz a su futuro”.

El mensaje anterior todavía puede leerse entre los comentarios del sitio web “La Voz de Cataratas”, en la noticia “Los órganos de Bauty fueron a tres provincias”, y fue escrito por Jorge Pasquali, padre de Martín, el niño que recibió vida de Bautista.

“El riñón de Bauti empezó a funcionar desde el primer momento. Era para él, nunca mejor dicho, porque generalmente hay que esperar, pero anduvo enseguida”, cuenta Marlene.

Los Pasquali viven en Villa Ballester, Buenos Aires, y gracias a ese mensaje pudieron contactarse con Marlene vía Facebook. “Ahora somos amigos. Cuando yo estoy mal, los llamo a ellos, porque saber que hay un niño que vive gracias a Bauti...”, dice emocionada la mujer, sin poder terminar la frase.

Scappini cuenta que todavía no habló con Martín por teléfono, aunque lo escuchó gritar mientras se comunicaba con sus padres. El único contacto que tiene con el pequeño fue por Facebook: “Un día le pregunté a ellos qué sabía Martín de todo esto. Me dijeron que sabía todo menos que Bautista se había ido.

Hasta que un día la mamá me contó que le dijeron, estábamos charlando y el me escribió ‘Te quiero Marlene’”, rememora, conmovida por las lágrimas.
Por ahora, los Pasquali y los Scappini no se conocen, aunque la idea de las dos familias es poder encontrarse en un futuro no muy lejano.

Fuente: Primera Edición Web
http://www.primeraedicionweb.com.ar/nota/impreso/100959/perdio-a-su-hijo-en-un-accidente-dono-los-organos-y-hoy-lucha-por-evitar-mas-muertes.html#.Uaj8FiWFuvw.facebook

Fecha de actualización: 2013-06-13

 

   
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